La obsesión de cada hombre deja una estela en los actos que realiza en el caos habitado por el gran interrogante de su presencia: algunos creerán en la posibilidad de una respuesta –sea parcial, sea definitiva, a través de los sentimientos, de las ideologías, de la información, o del confort que provee el consumo-; otros no musitarán planteos a las respuestas, tal vez en voz baja o para sus adentros creerán que expresar la suerte de sus angustias devendrá en castigo de alguna fuerza plenipotenciaria proveniente de lo extrasensorial; unos cuantos ni siquiera invocarán hados o certezas dado que su silencio es la marca más profunda del caos y de la pérdida: son sus obsesiones las que realzan a estos elementos, las que los dotan, proteicamente, de sentido y de significado. Es la suerte de Sísifo puesta en juego en cada obsesión, en cada angustia, en cada apuesta del hombre ante lo descomunal de su particular empresa.
En principio, ninguna palabra (del hombre) es digna de su propia memoria. Eran sonidos que apoyaban a una acción de cualquier tipo, desde aquellas que resaltaban sus necesidades básicas, hasta otras que abarcaban los esfuerzos azarosos de los primeros homínidos por sobrevivir; Sin embargo, en el momento en que el hombre considera la supervivencia como algo fundamental, ya que de ella nace la posibilidad de estar presente en otro momento, le otorga significado a sus actos, emancipados ya del azar, aunque incrustados en la violencia: nacen las lenguas que nombran los mundos que habitan los hombres: el mundo diurno compartido con los demás hombres, el mundo nocturno en el que es Soberano aunque las reglas no sean propias y sean más poderosas que cualquier ascendiente, el nacimiento de la Magia. Es de los hombres dotar a sus palabras de significado e interrelacionarlas para expandir los niveles de consciencia; ocultar en ellas otros significados, realzar su riqueza en conjuros.
22/12/06